Especial Gombrowic
Roby Santucho y el maestro polaco

En 1958 Gombrowicz viajó a Santiago del Estero en procura de alivio para los padecimientos que le ocasionaba su asma. No encontró la cura que esperaba pero sí descubrió lo que no esperaba encontrar: un sol blanco y una sombra negra en calles coloniales silenciadas por la siesta, pesadas de belleza indiana y, según sus palabras, lentas como el deseo. En la inesperada Santiago Gombrowicz vivió una epifanía dionisíaca: la juventud desnuda –tal cual él la veía– lo colmó de un sueño vertiginoso. Pero hubo además un contacto afable con los libreros Santucho, un padre, una madre y diez hijos, cada cual con su idea política, cada cual con su propia pasión ideológica. El menor de ellos era todavía un estudiante cuando se acercó a Gombrowicz para discutir sobre la “americanidad” profunda y la revolución que todo lo cambiaría.

Gombrowicz escribiendo junto a su pipa

En su diario de ese mismo año, 1958, el juicio que el escritor polaco se hace del joven Santucho es toda una anticipación sobre el destino que asumiría esa vida. “Roby –escribe Gombrowicz– es vigoroso, sano, con ojos de soñador maligno y ya, siendo un adolescente, es un soldado nato, hecho para el fusil, la trinchera y el caballo. Me dice ‘Witoldo, vos sos un europeo y no podés comprendernos’. Yo miro su cabeza y sus manos. ¡Qué cabeza, qué manos! Unas manos listas para matar en nombre de una chiquilinada. La cabeza confusa y fútil y la mano terrible. Y mirándolo me ha venido una idea aún no madura, un poco vaga, pero igual necesito anotarla aquí. Su cabeza está llena de quimeras, pero sus manos tienen el don de transformar esas quimeras en realidad. Esas manos pueden producir hechos. Irrealidad, entonces, en su cabeza y realidad en sus manos. ¡Qué desastre!” Desde ya, Gombrowicz - ni ninguna otra persona en este mundo - tenía la más mínima posibilidad de saber que en pocos años más el joven Santucho encabezaría las líneas combativas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y que moriría por esa causa.

Por Rodolfo Rabanal
Página 12, Buenos Aires
08.06.2008


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